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La vida es como un papel en blanco. Ese que tienes delante, ese que te invita a derrochar litros de tinta sobre él, aquel que te desquicia, que a veces te vuelve loco, que hace que te concentres y desconcentres, el que te hace gritar, reír, llorar… El que al final te hará darte cuenta de que aunque te invite, eres tú el que puedes escribir con tus manos, aunque te desquicie, eres tú el que provoca la adrenalina del desquicio, aunque te haga enloquecer, eres tú el que tiene la debilidad de la locura, que aunque te haga concentrarte o desconcentrarte, eres tú el que puede focalizar tu mente, que aunque te haga gritar, reír o llorar, sólo tú tienes el don de sentir y expresar porque al final quien labra la historia en ese papel eres tú, sólo tú eres dueño de tu vida.

Para mí la vida es ese papel. Cada palabra, cada frase, cada letra es un sentimiento, cada párrafo un momento, cada folio una historia. Es como levantarse una mañana. Ese instante corto y embriagador en el que te encuentras entre dos realidades, el sueño, que se va desvaneciendo lentamente, y la realidad, que se va aclarando velozmente. Dos dimensiones distintas abren la veda. Lo primero te incita a buscar lo perfecto, lo puro, lo que dentro de tu ser es sinónimo de felicidad, de pasión, lo prohibido que exalta tu deseo de alcanzarlo. Lo segundo, a veces, dolor, tristeza, decepción, mediocridad, hipocresía, otras veces, alegría, emoción, diversión, ganas de seguir corriendo sin detenerse. Lo primero, corazón. Lo segundo, razón. Lo tercero tú, siempre tú. Tres grandes palabras que sobreviven alimentándose de pedacitos de ellas mismas, que buscan el equilibrio, las líneas que hagan que sus letras no se tuerzan en el papel. Entonces te das cuenta de que las palabras se seguirán escribiendo, que irán rectas, que ninguna impureza las hará tropezar; que tú seguirás escribiendo con el objetivo de alcanzar un final, uno que nunca llega; que nunca acabarán las hojas de papel, que cuando te detengas a leer, no habrá contenido sino sólo tinta. Y es, a la mañana siguiente cuando capturas el instante, lo haces eterno, lo suficiente para poner de acuerdo a tu corazón y a tu mente y pactar la paz entre esa lucha constante, piensas y sientes al compás; aguantas sin respirar para no perder un mísero segundo de ese momento, lo suficiente para decidir que el “tú” se puede convertir en un “nosotros”; haces el esfuerzo de congelar el tiempo y paralizar tu alrededor, lo suficiente para ser consciente de que ya no quieres vivir en dos mundos paralelos, que ahora tu realidad será reinada por tus sueños. Y ahora deja escapar ese instante porque cuando abras los ojos verás que el papel sigue estando en blanco pero sonreirás sabiendo que la felicidad no consiste en escribir tu historia sino en vivirla.

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