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En la vida hay muchos minutos importantes.

El minuto antes de recibir la llamada que decidirá tu futuro, el minuto antes de decir “sí quiero”, el minuto antes de convertirse en una mujer o en un hombre, el minuto antes de traspasar las puertas del aeropuerto después de estar varios meses fuera de casa, aquel en el que esperas con impaciencia justo antes de salir de casa imaginando qué pasará esa noche cuando salgas con tus amigos… Minutos malos como justo el anterior a recibir una mala noticia y el posterior cuando te derrumbas, también alegres y llenos de vida como aquel que pasa justo antes de dar al mundo el fruto del amor de dos personas… Hay tantos minutos como personas y cada una de ellas tiene cientos y miles en su vida mas o menos importantes dependiendo de la prioridad y el valor que cada uno le de. Pero quizás, hay un minuto que sino es el más importante, digamos que es por excelencia el más emocionante. Hablo de aquellos sesenta segundos que transcurren en el reloj de nuestra mente justo antes de dar el primer beso. Al inicio de ese primer segundo dentro del minuto ambos saben que es lo que va a ocurrir cincuenta y nueve segundos después y cada segundo de ese minuto es un pensamiento, un sentimiento, una ilusión… En los primeros diez segundos sientes intimidación, dudas… Comienzas a titubear intentando dejar paso a la razón, quizás pensando en que no es el momento, no es el lugar, no es lo más correcto. Una ristra de noes empiezan a dar vueltas en tu cabeza, intentan distraerte y evitar que te concentres en lo que quieres, deseas y sientes. Si pasados esos diez segundos tus pies han sido incapaces de dar un paso atrás… Ya estás perdido. Los segundos siguen pasando en ese minuto interminable, es hora de que el miedo entre en juego; ¿Y si no siento suficiente? o ¿y si él o ella no siente tanto como yo?, ¿y si no es la persona adecuada?, ¿y si no merece la pena?, ¿y si buscamos cosas diferentes?, ¿y si no somos compatibles?… ¿Y si…? Miles de “y si…” iluminan tus ojos que aún miran al suelo con miedo a enfrentarse a los que tienen delante. Es el mismo miedo que te impedirá mover un músculo, decir una palabra, el mismo que se apoderará de ti aprovechando cada segundo que le pertenece. Pero si su tiempo se agota y ese terror no ha conseguido empujar tus pies hacia atrás… Ya no hay solución. Es entonces cuando te das cuenta de que lo has vencido, te das cuenta de que estás respirando y que tu respiración va al compás de otra más, de repente, sientes un fuerte dolor en el pecho como si algo te golpeara violentamente, algo que no para, que no se rinde… Te das cuenta de que si tu corazón tuviera alas saldría volando de ti, que si tuviera piernas saldría corriendo y que si tuviera manos treparía hasta encontrar la manera de escapar de ti. Pero ya no tienes tiempo de concentrarte en tu pecho, ahora sientes cómo cientos de luciérnagas juegan alborotadas en tu estómago, cómo poco a poco comienzan a entrometerse en cada recoveco de tu cuerpo, como corren, vuelan ansiosas de alcanzar tu nuca y cortar esa respiración que luchas por controlar. Pero el minuto que parecía eterno está llegando a su fin. Vuelves a estar consciente, a sentirte por fuera, de repente, algo acaricia tu mano, algo que sube despacio por tu brazo dejando un camino de escalofríos por su paso, osa llegar a tus hombros, rozar tu cuello y seguir hasta tu mejilla. Pronto sientes como tu espacio desaparece, como el aire disminuye, el ruido se extingue, no existe ningún fondo, no hay más que dos imágenes; sus ojos, que te miran fijamente, esos que parecen contar en los dos últimos segundos la misma historia que ha vivido tu cuerpo, esos que abiertos te miran indecisos, faltos de valor, repletos de cobardía… Y por otro lado, su boca. Esa que entreabierta deja escapar el último aliento. Pero de repente, todo se nubla, todo se vuelve negro. Tus ojos han tomado el control y cerrados te provocan incertidumbre. Crees que te ahogas pero el minuto ha llegado a su fin. Y nadie se da cuenta de que en esos cincuenta y nueve segundos se podría decidir el resto de tu vida, de que ese minuto ya no se repetirá jamás, que el segundo sesenta podría condenarte a la miseria o podría ofrecerte la felicidad en bandeja… Pero realmente es cuando llega ese último segundo cuando te das cuenta de que todas las dudas, los miedos, las inseguridades, las indecisiones, se convierten en vapor que desaparece inmediatamente de tu mente cuando sientes que si tus ojos tuvieran el control sobre ti te ordenarían mantenerse cerrados para siempre, que si tus oídos tuvieran opción de elegir, votarían no volver a escuchar jamás, que si tu nariz pudiera hablar te suplicaría no volver a respirar y que si tu boca tuviera el poder sobre ti, exigiría que entre él y tú no existiera nunca más una distancia superior a un milímetro.

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(Gustave Klimt; “El Beso”)

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