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Las cosas más bellas son aquellas que probablemente esten ahí, que probablemente veas pero que cercioradamente no aprecies. No hay una fórmula exacta que nos de resultados matemáticos sobre la belleza, cada persona es un mundo, un universo, e incluso, una galaxia distinta. Es lo que yo llamo “la deliciosa subjetividad”, esto no es más que la capacidad que depende de cualquiera de los sentidos, pensamientos, ideologías, sentimientos y muchos más -mientos, y que posee un individuo de forma original y particular, nunca repetida o copiada, nunca impuesta pero no del todo impoluta, de representar el arte. Porque la belleza, al fin y al cabo es eso, arte en su máximo apogeo. Es enrevesado de leer pero fácil de entender.
Digamos que lo que para mí es delicadeza, sutilidad, buen gusto, personalidad… Como puede ser una simple foto en blanco y negro de un par de plumas quietas, inmóviles,  calmadas… Para otros puede ser la mayor locura jamás fotografiada. Ahí es cuando entra la mente y el corazón y se nublan los sentidos porque yo soy capaz de ver plumas, dos caras contrapuestas, quizás cara o cruz, quizás realidad o ficción, alomejor bondad o maldad… Veo dos almas separadas por un hilo tan fino que el ojo humano no es capaz de apreciar,  esas que algún día volaron juntas en armonía y en compañía de otras tantas iguales. Alomejor hay sufrimiento, todo pasa por algo. Necesidad de libertad, amor imposible, rendimiento, victoria… Arte. El arte que se respira, que se escucha fuerte, que se ve a lo lejos, que se canta, que se toca y se eriza la piel, que se huele a leguas, el mismo que nos alegra o nos daña, el que no controla las medidas de la locura, el que te inspira, el que hace que pierdas la religión… El arte es tan subjetivo pero a la vez es tan razonable. Porque el arte puro es arte por naturaleza y nadie podrá ponerlo nunca en duda, no son sino los artistas los que conforman el mundo, pintan el universo y nacen en otras galaxias. La ley está impuesta, le pese a quien le pese.

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