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Distintos son los miedos que nos persiguen. Yo tengo miedo del sol porque en ocasiones me quema demasiado. También tengo miedo de la luna porque no alcanzo a comprender cómo pudo hacerse dueña de la noche. A veces, me aterrorizan las dudas y flaqueo al pensar en mis posibilidades. Intento dar pasos más que tumbos pero no siempre echo a andar. Siento que convivo con mi peor enemigo pero la adrenalina revienta parámetros cuando me mira de frente. Así, cara a cara, lucho por contener la respiración para que no me vea debilitada. Tiemblo cuando escojo los trazos que conformarán dichos, realidades o  historias. Mis ojos se empapan cuando consigo presionar teclas y de ellas brotan verdades o, quizá, mentiras piadosas. Suplico cerrar la mente, bloquear los recuerdos y que el blanco o el negro dominen mi soleda. Pero, a pesar de ello, sigo viéndolo todo incluso con más claridad que al principio. El comienzo es puñalada, el transcurso eternidad y, el final, bienvenido. Un continuo no estado. Arrebatos de melancolía, imágenes borrosas o futuros inciertos. Yo tengo miedo de lo que hace. También de lo que no hace y debería haber hecho. De lo que hará mañana. Tengo miedo de verlo pero más de no verlo. Tengo miedo de su mejor amigo, porque con él no se puede razonar. Se rodea de ambientes hostiles. Se deja llevar por la magia, aunque a veces esta sea oscura. Vive en una esfera de barro, espesa, corrompida, pero bella como sólo ella sabe. Tengo miedo de esa belleza, de la magnitud de su encanto y del vicio de formar parte de ella. Me paraliza su ambición y sus triunfos que indican que seguirá adelante pase lo que pase. Cuando cae, cuando se levanta, cuando se para, sobre todo, cuando se para. Me da reparo no entenderlo, pero en ocasiones prefiero no hacerlo. El frío, el calor, lo que le empuja, lo que le atrapa, lo que le vuelve loco. Lo que más me horroriza es pensar que está enamorado y que por este amor es capaz de dar la vida.

Tú. Tú tienes miedo a ser o no ser. A palmaditas inciertas en la espalda. A quereres pasajeros que dependen del rumbo de las cosas. Le tienes miedo a las caretas y a las máscaras. Le tienes miedo al grana y al oro porque los has convertido en tus colores favoritos. Tienes miedo a la necesidad y al sin vivir de tus pasiones. Te puede la verdad, incluso te agota defenderla. Te pesan las manos, también los pies, por eso, no das pasos atrás. El miedo te mece, te colorea, te moldea a su antojo porque tu antojo es él mismo. Paseas dándole la mano, te arrimas a él para que te dé cobijo. No lo sueltas para que no se te escape. Te sientes un privilegiado, un elegido del miedo. Tú le das coba y evitas que desaparezca. Tus gestos muestran el dolor de tenerlo en el pecho. Tu respiración se entrecorta cuando lo saludas. El desamor te acecha en ocasiones. Donde tú vives no existen las esquinas, no existen multitudes. Pero el miedo te incita a buscar siempre una puerta. Tus amigos y enemigos son los mismos. Tú le tienes miedo a la vida y, por ello, bailas con la muerte. Te inquieta la derrota, el sufrimiento, te dejas llevar por el dolor y sientes escalofríos cuando sales al ruedo. Y, a pesar del miedo, te vistes con tus mejores galas para él. Lo abrazas cuando está a punto de rendirse. Le dedicas ilusión, fuerza y ganas. Lo abordas por un lado, también por el otro. Lo sometes. Lo miras a los ojos. Le regalas tus virtudes y desvirtudes. Lo desnudas con el alma. Lo besas arriesgándote a ser rechazado. Tú no temes al miedo, es el miedo quien te teme a ti.

Y aunque tú y yo tengamos distintos miedos, sí que existe un miedo que nos une. Se trata del miedo a vivir sin miedo.

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