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Las cuestiones son inevitables en esta vida. Plantearte quién eres, adónde vas y el porqué de las situaciones que acontecen sólo demuestra que eres mortal. Todas las decisiones que se imponen en nuestro camino sin ser llamadas están ahí porque alguien decidió que no hay senda para tantos. El placer de sentir que el destino está en tus manos es impensable para muchos y desafiar no es la mejor solución, pero tampoco conformarse con tener miles de oportunidades y obligarse a apostar sólo por una.

Las personas se valoran dependiendo de la capacidad que tengan de cruzar los límites que se adjudica la vida. Pero muchas veces los límites conducen a acantilados y agujeros vacíos. No es más inteligente el que más rápido anda ni piensa, sino el que a pesar de poder hacerlo pasea lentamente aunque tarde más en llegar a la meta. Las señales te indican, pero no te solventan problemas. Y es que, a veces, los problemas aparecen por la falta de ellos mismos, porque cuando una persona llega a estar completamente en paz consigo misma no sabe vivir en ella y necesita de razones que la destruyan para seguir creyéndose vulnerable. El destino sí está escrito porque desde un primer momento tiene la certeza inaudita de saber quiénes serán los que se atreverán a cambiarlo y quiénes se conformarán con caminar por senderos llanos y fáciles. Y sólo si el destino tiene planeado ser de una manera u otra cambiará su condición por la sola apuesta de una persona que decida que al final de los acantilados puede haber agua y no rocas y decida, al menos, intentar tirarse al vacío confiando en que se merece cambiar los acontecimientos de su vida.

En ocasiones, la vida te llama pero sólo los que escuchan son capaces de apreciar el inmenso corazón que palpita fuerte dentro de ella. No tenemos que lidiar con enemigos feroces que nos acechan y nos ponen trabas intentando atacar cuando menos lo esperamos, tenemos que confiar en que el destino garantiza una felicidad plena que podremos tocar cuando nos quitemos el miedo a vivir la vida sin condiciones.

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El destino es quien maneja las cartas pero nosotros somos los que jugamos (William Shakespeare).

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