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A mí lo que me impresiona es cómo somos capaces de sentir un millón de cosas a la vez, cómo es posible que algo te cale muy hondo pero puedas cubrir ese hueco con muecas de agradecimiento y falsas caretas. Porque nadie es tan puro como para reconocer el dolor que lleva por dentro, o al menos, no del todo.

Sin embargo, hoy he conocido a un samurái, aunque parezca irónico. Un samurái flamenco, aunque esto incite a novela satírica es la realidad. Alguien que por el amor a un arte ha sido capaz de mover cielo y tierra para ser algo que para otros era impensable. Y llaman locos a los que piensan diferente, pero luego son los únicos que cuando hablas con ellos pueden mirarte a los ojos y decirte sin miedo “esto es lo que soy, esto es lo que he conseguido y esto es lo que me hace feliz”.

Lo más impactante ha sido la confesión que para esa persona es algo tan ordinario pero para mí es una filosofía, incluso me aventuro a decir, imposible. Esta confesión constaba de pocas palabras con un español chapurreado y oriental, decía “yo, ante todo, soy samurái y como tal si mintiera alguna vez tendría que suicidarme”. No es algo personal es la pura verdad en todo su esplendor.
Cómo voy a cuestionar a una persona tan verdadera en un momento en el que la verdad está perseguida y encarcelada cuando es algo que la humanidad a definido a medias y se toma por su mano su significado. La verdad no duele, lo que duele es ocultar la realidad y no ser consciente de que las cosas pueden cambiar si vemos la esencia de ellas con ojos atentos y rehabilitados de mentiras.  Cómo dudar entonces que alguien tan puro no pueda sentir el arte del flamenco. Con esa verdad puede sentir lo que su corazón quiera porque nadie verá más clara la vida que alguien cuya única intención es vivir por y para la verdad.

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