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Cuando nada te esperas pasan más cosas de las que quisieras o debieran. Hay leyes que se escapan de nuestro siempre firme control. Leyes que desafían la lógica de cualquier ser humano que intenta sobrevivir. Las leyes que deciden cuándo aplicarse sin tener en cuenta otros factores que engordan y sacian el momento. Leyes odiadas que se interpretan de la peor forma posible. Fatigosas, infames, rastreras, leyes indeseadas, hostiles. Esas que, al final, deciden el momento y elijen los minutos que estructuran los grandes acontecimientos. Leyes que, al fin y al cabo, salvan las desesperanzas.

La vida es estar solo a veces para saber apreciar la compañía. Es así, de esa manera, cuando a base de arduos, densos y espesos golpes vas aprendiendo que tu alrededor no nace de la nada, crece a partir de los cimientos que seas capaz de construir. La soledad no es más que la virtud de los dioses. Los mortales no podemos sentir algo que se le escapa a nuestro conocimiento porque la soledad no es ser tú mismo mientras nadie te ve, eso es otra cosa. El miedo a lo desconocido es lo que nos aleja inconscientemente de ella y, es por ello, que esta no se la deseo ni a mi peor enemigo porque no hay peor desdicha que la de quien cree que la vida y el éxito se forjan a base de sacrificar personas. Ni Dios en sus peores momentos pudo prescindir de su hijo. La soledad no es más que el miedo a ser querido.

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