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Vivir es la agonía más bella del hombre pero amar es el infinito desmedido del alma.
Un día cualquiera, de esos cualquieras que intento siempre recordar en todas las denominaciones posibles de la palabra “en vano”, el “en vano” que enloquece, a una hora aún por determinar y en un espacio quizás poco apropiado, decidí plantearme una cuestión, bueno no lo decidí simplemente se plantó en eso que llaman psique. Lo que urgentemente se describía en mi mente era algo inconmensurable, inaudito, aún presumo de que mis pensamientos son atrevidos y más los de aquel día cualquiera. Pensé, sólo pensé y entonces comprendí muchas cosas. Cosas que antes no entendía por el mero hecho de no haberlas considerado importantes. Después de mucho meditar y poco aportar a nadie más que a mí misma, decidí dar el paso de jugar con la metamorfosis de la vida. Alguien me dijo una vez que en esta vida todos somos martillo pero que con esfuerzo y trabajo y, sobre todo, mucha ilusión podemos llegar a ser yunque. No sé qué etiqueta corresponde a cada uno, sólo sé que existen muchos martillos en mi vida y son los que consiguen arreglar algo que poco a poco va corrompiendome esta sociedad, el corazón. Quiero creer que pensar sigue siendo de genios y no caer en la tentación jamás de ser yunque para gobernar sobre los martillos. Y recordad que son estos últimos los que mantienen ahí arriba a los grandes yunques.
La vida es la mayor virtud y la mayor miseria que tiene el hombre. En las manos de cada uno está el vivir como ricos o el vivir como pobres siendo el más poderoso aquel que ama sin condición y el más miserable el que materializa los momentos.
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