Etiquetas

, , , , , ,

Nació allí, acurrucada en el cálido Sur. Donde eran más que comunes las caras bonitas, la alegría, el buen comer, las tertulias de sobre mesa. Se crió donde el cante jondo no se dice, se hace. Entre zapateao y soleás atormentadas. Donde el centro se llamaba por su nombre y a cada barrio lo llamaban por mujer. El único sitio donde el albero aclamaba dolor y gritaba alegría con manzanilla. Se dividía en dos cada tarde y una no era sin la otra. Se toreaba y se bailaba, la ciudad callaba o cantaba. Se teñían de amarillo los volantes y los tacones de lunares pero también las luces y las manoletinas. Y al final, se unían en un solo arte, las niñas bailaban con la primavera y los maestros bailaban con la muerte. Era tan a su manera que cuando sacaba sus imágenes a pasear por las calles la Virgen lloraba embrujada reviviendo la pasión. No había un año que se secaran sus lágrimas y, por ella, respetaban su dolor acompañando de nuevo a su hijo al templo. No pasaba un día en que la pequeña niña no se perdiera por sus calles cuando el sol sofocaba. Por sus parques paseaba y jugaba, por sus ríos verdes que de oro se oxidaban ella nadaba y atravesaba los puentes que la llevaban a las orillas del arte. En sus venas corrían la sangre y la verdad de un nombre grande, y cuando tuvo edad suficiente para darse cuenta de lo que tenía entre manos quiso llamarse Sevilla y los demás lugares enmudecieron ante tanta belleza.
Sevilla. Y lo que queda de ella. Cuidarla porque a las niñas bonitas hay que saber tratarlas.

Anuncios