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Buenas tardes a todos. ¿Terror al encontrarme de nuevo por aquí? Tengo algo que decir. Quizás no es nuevo pero no dejo de pensar en ello ahora que mi futuro está poco a poco haciéndose realidad. La realidad es la siguiente:

Temo acabar esta etapa de mi vida que se llama “carrera”. Pánico es poco para lo que siento cuando me veo a mí misma dentro de unos meses entregando mi último examen o mi último trabajo. Debo confesar que yo nunca fui de aquellas niñas que sabían con tan sólo 6 años qué querían ser de mayor. Ni siquiera fantaseaba con ser más que aquellas reinas y princesas de Disney que tanto adorábamos en aquellos tiempos. No fui de las que jugaban a los médicos con sus hermanos o de las que improvisadamente montaban una peluquería en el salón de su casa. Quizás sí que me ilusionaba con quehaceres y me motivaba más de la cuenta a la hora de realizar sus actividades correspondientes, para que me entiendan, alguna que otra vez utilicé tijeras para poner a prueba mis habilidades creativas en cuanto al estilismo se refiere. Las consecuencias eran más que evidentes: éxito nulo. Tampoco era una cuestión que me inquietara, ya que me confieso lo haré del todo, y es que siempre he sido de las que necesitan un componente de riesgo para llevar a cabo sus competencias. Llámenlo vagueza, yo lo llamo “otra forma de vivir la vida”. Pero el momento de decidir llegó como siempre acaban llegando las cosas y tuve que conjugar el verbo por primera vez y lo hice, decidí. Sinceramente, me decidí por las letras pero no porque fuera una pasión incontrolada y efusiva, sino porque los números y yo nunca estuvimos cortados por el mismo patrón. Admiraré siempre a esos que lidian tremendas batallas con estos seres tan extraños y complicados para mí. Pero el caso, es que finalmente tiré por la rama que creía más acorde a mis habilidades y capacidades aunque siempre con ese factor de vacío inminente al que caer cuando apoyara mal el pie, sin saber qué pasaría. El gustillo del riesgo al que yo siempre me aferro como ya saben.

A partir de este momento, del que jamás sabría en aquel instante que iba a condicionar el resto de mis días, es cuenda entra el factor maternal. Nadie mejor que ella recordará el momento en el que quise tirarme a ese vacío sabiendo que caería en blando. Ese momento que, aunque suene poco atractivo, tiene una breve explicación. Como buenas mujeres y apelando a ese elemento emocional que nos caracteriza, ese que nos hace apreciar momentos preciosos que a ellos se les escapan hablando irónicamente claro, fuimos ella y yo a ver “El diablo se viste de Prada”. He aquí mi gran confesión y orgullosa también de ello, fue en ese instante cuando el largometraje llegó a su final, cuando decidí que el periodismo iba a condicionar el resto de mis días de una manera u otra. Para aquellos que no sepan de qué película les hablo, se trata de todo un mito ya en el mundo de la moda, todo un clásico. Es cierto que ese elemento tan visual de glamour, estilo y buena vida me atraían ilimitadamente pero no más que aquellas princesas Disney de las que me disfrazaba cuando niña. Más llamó mi atención esa ambición por llegar a ser algo en un mundo lleno de gigantes, por demostrar tu destreza sabiendo que tienes mucho que aportar, ese respeto a los principios del periodismo que, a veces, compromete tu propia verdad y se desvía de los caminos más éticos pero que  siempre vuelve a ti, siempre se encauza. Quizás no fuera la película y simplemente fue el día elegido para que mi vocación despertara de su dormido sueño, quizás es que mi vocación es como yo, necesita el factor riesgo para actuar.

Y ahora, después de cuatro años formándome, mejorando, aprendiendo, escribiendo mucho, haciendo lo que me gusta… Después de tantas batallas libradas y más de una decepción que te hacen plantearte hasta tu propia condición como futura periodista, después de todo ello y avecinando el final, tengo más miedo que nunca.

Tengo miedo porque sólo leo y veo críticas hacia esta profesión por parte de los propios competentes de la misma. Descontento, favores, falta de verdad y verificación de hechos, noticias que no informan, que no educan, que no sirven para formar a la opinión pública (hecho que debería ser nuestro lema)… Intereses económicos, ideológicos, sociales… La palabra interés se ha convertido en el día a día de estos profesionales. Veo una sociedad desinformada y que cree todo lo que le dicen, que tampoco se interesa por la verdad sino por lo que más le conviene abanderar. Veo falta de respeto a esta profesión y, como ya he dicho en alguna ocasión, cuando esta falta, estamos perdidos. Temo salir a la selva y que todos quieran matarse.

Algunos me dicen que vivo de ilusiones, que creo que todo es de color de rosas y que cuando hablo todo parece idílico. Quizás me equivoque pero soñar que el periodismo sea lícito, sea más claro que el agua, viva por y para informar verazmente, sin condiciones, sin tapujos, sin manos escondidas por detrás, sin sobres, sin menospreciar, sin suspirar o hablar bajito pero sin gritar como fieras que se comen todo lo que les ponen por delante. Si soñar algo así es de ilusos y soñadores activos, me considero una enamorada empedernida de esta profesión cuyo cegamiento no le deja ver más allá de su fantasía. No sabré mucho aún, estaré muy verde, el mundo cambiará mis pensamientos y, a lo mejor, dentro de unos años estoy escribiendo grismente sobre esta sociedad pero hay algo que sí sé y es que los periodistas no son más que personas y ante todo se encuentran sus principios, su moral, su ética y sus valores. Si el valor de una persona es su verdad no podrá ocultarla en algo tan sincero como las palabras.

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