La vocación de un niño no es lo que ve sino lo que siente y no hay mejor embajador de este lema que uno de los novilleros del momento, Lama de Góngora

Todo niño sabe que existe una pregunta que hasta que no se la planteen y, es más, la conteste, su infancia estará, metafóricamente hablando, incompleta. Esa cuestión que saben que llegará un día u otro y que han de estar preparados: ¿Qué quieres ser de mayor? Según la Fundación Adecco, líder mundial en Recursos Humanos, en su IX Encuesta Adecco Qué quieres ser de mayor, la hegemonía de las actividades laborales correspondería al deporte, entre los niños, y la enseñanza, entre las niñas. Es decir, si hoy por hoy preguntaran a los más pequeños cuál es su sueño laboral el 26,7% de los niños respondería que quiere ser futbolista, mientras que el 23,1% de las niñas quisieran ser profesora. A estos indudables líderes entre los infantes les siguen profesiones como policía (5,6%), ingeniero (5,3%) o médico (4,9%), entre ellos, o veterinaria (10,7%), doctora (7,5%) o peluquera (5,0%), entre ellas.

Lejos quedaron aquellos sueños alocados como astronauta o torero. Aquellos niños que soñaban con ser artistas en plazas llenas de gente expectante que amaban ver una bella lucha entre el hombre y la naturaleza. Es cierto que las épocas cambian, también los tiempos o, quizás, es que los niños ya no sueñan como antes o sus padres les ofrecen en bandeja crudas realidades que se viven en sus casas. Quizás, no haya una explicación lógica pero ser torero nunca fue algo cabal, más bien fue sueño de locos. Esos locos que aunque pasen las modas, se modernicen los periodos, cambien las eras o los ciclos tomen otros caminos, seguirán existiendo y luchando por un sueño de muchos, más de lo que reflejan las encuestas, y al alcance de pocos.

Esta es la utopía de muchos chavales que intuyen llamadas inesperadas, en días inesperados y en lugares aún más inesperados. Pero, sea como fuere, esa llamada a la vocación y a la ambición de ser torero mueve a muchos jóvenes en nuestro país. Héroes que luchan por conservar una tradición tan española como es el toreo, una tradición que, al contrario de lo que muchos quieren creer, no decrecerá mientras exista la ilusión de los pequeños. Siguiendo esta estela de predecibles estadísticas, hoy un chaval de Sevilla rompe los esquemas de cualquier vaticinio. Una pasión, un futuro entre gigantes y nace aquí en una Sevilla perezosa y dormida durante años que, al fin, comienza a despertar una tarde. Allí en el Puerto de Santa María, Cádiz, un niño empieza a soñar. Tres tiempos pero suficientes para enamorarse de una vida de maestros. Parar, templar y mandar quiere el joven niño que con gestos grita, ¡Quiero ser torero! Una tarde de las que contienen magia, de esas que a aficionados se les hace larga la espera; “Dos lances de Morante, pura sevillanía, dos desmayaos de Julito Aparicio y un estoconazo de Manzanares”. Una tarde de valientes, una tarde de toreros. Era verano del 2000 y una nueva ilusión nacía para la capital hispalense, cuna de toreros. En el Arenal se hacía un novillero con alma de torero y la Maestranza abría la boca para callar pesimismos y falsedades. Había futuro y se llamaba Lama de Góngora.

“Ese mismo verano toreé por vez primera una becerra a campo abierto de la mano de Morante de la Puebla y Diego Ventura. Ellos llegaron en esos coches tan glamurosos, con esa despaciosidad en todo lo que hacían… La grandeza del toreo se hacía presente. Sentí tanta ilusión, vi tanta grandeza en aquello, respiré tanto arte y pasé tanto miedo que algo surgió en mi alma y me enamoré de esta forma de entender la vida hasta el día en que me muera”, comenta el joven Lama entre recuerdos y emociones de antaño, aquellas que reviven y remueven viejos momentos pasados, esos que marcan la infancia. Tenía sólo trece años el sevillano cuando su vocación llamó a su puerta sin espera ni entresijos. Todo estaba claro, sobre todo, para el novillero. Desde entonces Sevilla crea un vínculo especial que comienza a dar sus frutos desde la Escuela Taurina de la misma. Sevilla volvía a soñar.

Decía Juan Belmonte en una de sus frases más célebres, “el buen toreo es el que se hace con sentimiento y pasión de enamorado”. Esta es la historia de un niño, un niño enamorado y apasionado por el arte. Esa pasión que pone Lama en cada uno de sus encuentros, la que le llevó a uno de los días más importantes de su carrera. Una noche de novilladas en la Maestranza un 12 de Julio de 2012, ganadería de Villa-Marta y tres jóvenes aprendices de torero; Miguel Ángel León, Diego de Llanos y Lama de Góngora. “Francisco Lama dibujó el toreo clásico, sobre todo en dos tandas enormes sobre la izquierda llenas de virtudes: empaque, profundidad, buen gusto y sentido del temple… el toreo con la derecha, uno prodigioso de la firma, los adornos y su gracia natural para andar por la plaza” manifestaba Carlos Crivell, cronista taurino. Un día inolvidable para el novillero ya que, continúa Crivell, “a Lama se lo llevaron por la del Príncipe”. Hacía dieciocho años que alguien tan joven y de una categoría inferior no salía por la Puerta del Príncipe de la Maestranza, la soñada por tantos. Lama de Góngora aún toreaba sin caballos pero apuntaba tan alto que Sevilla quiso mantener su sueño en el tiempo.

El niño creció y tras una temporada de éxitos la pasada de 2013 con varios premios en Santa Olalla de Cala, como triunfador de Sevilla o Zapato de Oro en Arnedo, entre otras. El novillero se marca la friolera de 19 corridas con 17 orejas cortadas según el Escalafón Taurino de novilleros con picadores que sitúa al sevillano entre las primeras posiciones del último año. Pero nadie mejor que él sabe el sacrificio diario y la responsabilidad con la que hay que afrontar los nuevos proyectos para 2014 y, también el respeto que debe a Sevilla y a la Maestranza. “Amor y amargura, alegría y llantos, soledad acompañada de felicidad y arte, profundidad, el mejor escenario donde expresar lo que siento, los mejores aficionados del mundo, el templo más consagrado y mi casa”, expresa el joven Lama cuando habla de su plaza, la de su Sevilla natal y a la que, en cierto modo, respeta más que a ninguna otra.

La vida de un matador de toros y, en este caso, un novillero con proyección de futuro para ser torero, es diferente. No es sólo poner una vida en peligro cada vez que acude a una corrida e intentar ser el triunfador. Hacerse un nombre en un mundo controlado por figuras de élite que monopolizan el toreo desde hace unos años es uno de los retos de Lama de Góngora. “El simple hecho de ponerse delante de un toro es muy difícil, si a esto le sumas el empezar, como todo en la vida es aún más difícil. Necesitas a alguien que te enseñe, becerras para torear y que te contraten en novilladas. Las escuelas taurinas en este caso hacen una buena labor”, comenta el sevillano. Sin embargo, para el joven novillero la temporada no empieza  una vez haya confirmado carteles y fiestas, el esfuerzo y la dedicación es diaria y así lo demuestra desde que se levanta con las “claritas” del día hasta que se acuesta derrotado por un duro día de entrenamiento. “Desde que te levantas tienes que actuar con torería, correr y hacer ejercicios físicos para tener un buen fondo que aguante toda la temporada al máximo nivel posible, torear de salón para educar el cuerpo y mejorar la técnica, entrar a matar en el carretón y aprender las suertes, ver vídeos de toros, hacer tentaderos o escuchar de los que saben. Es un arte y nadie te dice lo que tienes que hacer, pero siempre hay algo que hacer”.

Como todo en la vida siempre hay diferentes puntos de vista. Este es el caso de la otra cara de esta profesión, la familia. E incluso dentro de esta puede haber diversidad de opiniones. Ellos son los que realmente viven el día a día de un joven soñador que quiere por encima de todo ser figura del toreo. “Realmente es un mundo de locos. No piensa en otra cosa, se levanta y se acuesta pensando en lo mismo, paso muchísimo miedo y no quiero que le pase nada malo. Por otra parte, me emociono cuando leo sus artículos en los periódicos. Es un mundo totalmente nuevo para nosotros y aunque seamos aficionados de siempre vivirlo desde dentro es totalmente distinto”, explica María José de Góngora, madre del novillero. Cuando Lama de Góngora decidió y gritó a los cuatro vientos sin tapujos que quería dedicar en cuerpo y alma toda su vida a lidiar con el toro, tuvo la suerte de tener apoyo y devoción en su familia. “No recuerdo bien cuales fueron exactamente las primeras palabras que le dije pero siempre le ofrecí todo mi apoyo y que si quería ser torero tenía que ser el mejor”, afirma Manuel Lama, padre de Lama. Pero las sensaciones también cambian cuando Lama de Góngora reaparece en el ruedo dispuesto a dejarse la vida en cada quite, en cada pase y en cada muletazo que dé. Es entonces cuando surgen los mayores diablos y miedos dentro de una casa de toreros. “Nervios, angustia, una presión en el pecho, mi estado de ánimo cambia a veces, rezo por él porque todo le vaya bien”, comenta María José de Góngora. Mientras que Manuel Lama reafirma por su parte ese miedo innato que sienten los padres por un hijo que se juega la vida cada tarde pero añade un conjunto de emociones que hacen que el miedo valga un poco más la pena, “los días que él torea tengo la cara totalmente cambiada, parezco un niño pequeño. Aunque sienta inseguridad y dudas, también siento alegría. Son muchas sensaciones que se entremezclan.”.

Como toda profesión que conlleve ambición y ganas de ser el mejor, también en el toreo se compite. Dice la famosa expresión, “cuando entras al ring ya no hay amigos”. Esto ocurre en el mundo del toro, una vez entras en el ruedo las amistades quedan rezagadas a un segundo plano para dejar paso al arte. “Una vez que entras en el patio de cuadrillas o haces el paseíllo las amistades siempre se quedan a un lado porque uno siempre quiere ser el protagonista de la tarde o el mejor. Podemos estar ahí en un quite para salvarlo o en situaciones parecidas porque eso es de compañeros pero la amistad y las palmaditas en la espalda quedan fuera”, apunta Abel Robles, novillero de Olot, Barcelona, y gran amigo de Lama de Góngora. La lucha por el triunfo existe dentro y fuera de la plaza pero, ¿quién mejor para entender a un torero que otro torero? En un mundo de gigantes como el que se describe no se puede caminar sólo, siempre hará falta el apoyo para seguir adelante, es por eso que Robles añade, “sin embargo, aparte de esa rivalidad, lo considero mi amigo, como si fuera un hermano y me ha dado mucho. Vine a Sevilla desde Barcelona queriendo ser torero y él me acogió en su casa sin pensárselo, a partir de ahí empezamos a ser amigos y a vivir experiencias juntos de película”. Tanto Lama como Robles que viven y conviven juntos saben que para triunfar hay que ser crítico y dejar a un lado amiguismos que más que favorecer, niegan la progresión y el avanzar hacia delante. Por ello, el “no hay excusas para nada” se ha convertido en el lema de estos jóvenes taurinos, los que como niños saben y han sabido siempre lo que quieren ser de “mayor”.

Pero la clave del éxito no se gana por triunfos sino por experiencias. En una vida dedicada a vivir y sentir al toro como protagonista de cada pensamiento, sentimiento o idea siempre entran en juego personas que apaciguan la obsesión. Como el joven Lama dice al referirse al éxito, “hay que trabajar duro, sentirlo dentro de tus entrañas, estar convencido de lo que eres y que se apodere de ti. Volverte loco, descansar una semana y después saber lo que tienes que hacer, entonces llegará el éxito”. Pero para medir esa locura temprana de un chaval con inquietudes y con incontrolables ganas, se hace eco de su existencia un ex torero como Luis de Pauloba que ha sido y sigue siendo su sombra desde que el novillero comenzó en la Escuela Taurina el mismo año en que el ex matador entraba en la misma. Una alianza que ha cosechado momentos buenos y malos, victorias y derrotas, lágrimas de angustia y también de alegría, una unión que sólo conoce el mundo del toreo. “Cuando llegué lo vi apartado de todos los chavales y nadie le echaba cuenta ni le hacía caso. Así que le dije al director de la escuela que lo dejara en mis manos. Desde entonces hemos sido uno en esto del toro y en otras cosas. Y lo he ido forjando como torero poco a poco y siempre diciéndole la verdad”, señala Pauloba emocionado. Ese decir la verdad, las críticas, el apoyo, ese emblema de “querer es poder” que surge cuando un novillero que está naciendo y un ex torero que ya ha pasado por aquella etapa delega en una combinación que hace que Lama de Góngora resurja cada vez que pisa una plaza. Pauloba también critica sus virtudes, “veo en él todas las condiciones para ser figura del toreo pero tiene que darse cuenta que esto es de privilegiados y de listos, no puede despistarse ni un solo momento. Tiene algo especial, un ángel, algo alado que no tienen otros. Cuando eres capaz de poner alguna vez en tu vida a 10 000 personas en pie con un muletazo algo distinto tienes que tener”. Para Lama el apoyo de este ex matador no es sólo fundamental en su vida sino que cimienta esa carencia de experiencia por su temprana edad, consolida su educación taurina y hace que su camino hacia el éxito sea menos doloroso si intenta no pisar donde según Pauloba él mismo “se hizo daño” y añade convencido, “estoy seguro de que si no se equivoca puede ser gente en esto del toro. Ser figura del toreo es casi un milagro pero todo es posible y en sus manos está. Llegará donde él quiera llegar”.

 

Lama de Góngora, un nombre que como indica su jefe de prensa “sonaba raro” al principio y sigue, “pero fue él mismo quien decidió quedarse con sus dos apellidos como nombre artístico. Conforme empezó a sonar más, ya sea por los triunfos y demás, los aficionados fueron cogiéndole el gustillo hasta que llegue el día que suene hasta bonito. A mí me gusta. Suena poético”. El novillero sabe de la importancia del aficionado y, como tal, siempre intenta tener una comunicación que fluya entre ambos. De ello, se encarga José Enrique Moreno, su jefe de prensa personal. El periodista confiesa ilusionado su pasión por la “frescura” y la “juventud” que desprende el lidiador y para Lama el ser protagonista de tertulias, debates taurinos, publicidades y tener la ocasión de ver las inquietudes que levanta, le hace tener el sueño más cerca. “Todo el que empieza lo tiene difícil. En su caso no lo es mucho ya que entró con el pie derecho en los medios y tiene un don para ello pero todo depende de él. Como se suele decir “si el gallo no gana las peleas todos los demás no hacemos nada”. Pero es muy ilusionante y estoy seguro de que funcionará”, expresa Moreno.

“La verdad del toreo es tener un misterio que decir… y decirlo”, testimoniaba Rafael Gómez ‘El Gallo’. Secretos que guarda Lama de Góngora y que comparte con su mejor amigo, el toro. Y como torero, o casi, pero también como joven y como niño que fue no hace tanto, idealiza un mundo de toreros. Aquí es cuando entra en juego otra de las preguntas esenciales en la infancia de cualquier criatura: ¿A quién quieres parecerte cuando seas mayor? Aunque Lama tenga su propio sello de personalidad, también reconoce responder esta pregunta que muchas fantasías le ha ocasionado imaginándose un hueco entre ellos. “Muchos son los toreros que me remueven algo por dentro: Manzanares, Morante, José Tomás, el Cid o “El Juli”. Y si retrocedo tendría que nombrar a Joselito “El Gallo”, “Gallito”, Belmonte, Paco Camino, Rafael de Paula, Curro Romero…”. Muchos precedentes y figuras de los que el joven novillero aprende. 

La historia de un niño que quería, quiere y será torero. “Ser torero, no es una profesión, ni un juego, es una filosofía de vida. Ser torero va más allá, es una forma de enfrentarse a la vida y a los problemas, una manera de actuar diferente y una forma de sentir distinta. Es el arte en su estado más salvaje. Ser torero es sentirse torero, es dejarse llevar por el corazón, es estar loco pero loco de manicomio y a la vez no parecerlo en ningún momento. Ser torero es respetar la dureza de las cosas y ser respetados por todos. En definitiva, es en sí la magnitud de su palabra; sentir”. Quizás, la pregunta siempre ha estado mal formulada desde un principio. A lo mejor, sólo a lo mejor, la cuestión no es qué o quién quieres ser sino: ¿Cómo quieres sentirte cuando seas mayor?

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