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Las noches se hacen largas. Y todo, porque me acompaña un amigo fiel, de esos que no se van nunca. De los que te preguntan una y otra vez: ‘¿Qué te pasa?’, cuestión que por ley suele tener la contestación más inverosímil de todo el diccionario español: ‘Nada’. Ese que comparte tus pensamientos y que entiende que por ellos no concilies el sueño. Al que muchos llaman ‘insomnio’, pero al que yo personalmente llamo ‘inspiración’.

En días como hoy, tras la ausencia de este amigo fiel que, como otros muchos, me ha llegado a abandonar, despierto del letargo. Pero no despierto gratuitamente. Un ‘no he tenido nada que decir’ no va a ser mi excusa. De hecho, no me excuso sino propongo. No es más inteligente quien habla, sino el que escucha. También el que ve u observa tiene un gran hueco en esta afirmación. Al fin y al cabo, todo esto surge por la rabia contenida. Escuchar y observar está bien, pero callar es complicado cuando parece que tu voz va contra viento y marea. ¡Ay! Esta sociedad…
Hablo de aquellos que renuncian a seguir adelante por el hecho de no ser ellos quienes gobiernan. De los que luchan por un país libre pero que luego no respetan más que sus propias opiniones. De los que acusan y crean demagogia barata. De los que creen que nuestro país no es manejable y luego son ellos quienes apuntan bien alto a la hora de juzgar. También hablo de aquellos a los que no puedes mostrar tus creencias, tu forma de vida, tus gustos, tus prioridades… Porque te condenarán y descalificarán por ser algo que antes aquí se era, y mucho. Por ser español y defender a tu país. Hablo de aquellos a los que llamar a España por su nombre les irrita. Ahora, me desconcierto al ver a aquella parte de la sociedad que no lucha unida al resto. La que tanto sentencia no es capaz de olvidar su orgullo y jugar a favor del final de esta batalla que tantos años llevamos librando todos y cada uno de los ciudadanos españoles que conforman el mapa de nuestra tierra.
Señores, España es España por sus tradiciones, por su modélico estilo de vida, por su gente, por sus calles, por su gastronomía… Si empezamos a prohibir cómo vivir en este país nos quedará algo parecido a Finlandia o Noruega: envidiable nivel de vida pero con la tasa más alta de suicidios en toda Europa.
Y ahora yo me pregunto: ¿Que hay de malo en ser español y porqué una gran parte de la sociedad insiste en dejar de serlo? Por ello, propongo respeto a los que se enorgullezcan a voz en grito de serlo. El mismo, que se le muestra a aquellos que se empeñan en no serlo.

Y,por último, quisiera recordar mi paso por Londres. El año pasado, tuve la suerte de poder afianzar mis conocimientos como periodista y mi inglés en la capital británica. Aprendí a admirar a los ingleses y a empaparme de su metodología y responsabilidad. Pero, sobre todo, aprendí a adorar a mi país cuando en un encuentro con varios estudiantes, uno de ellos, un británico rudo de las afueras de Londres, me preguntó de dónde provenía, a lo que yo le contesté: ‘De España’. Fue entonces, cuando me hizo una pregunta que, sinceramente, en aquel momento no pude contestar sin recurrir más que al argumento barato de la crisis (un argumento que a estas alturas ya no se vende nada caro). Aquel inglés me preguntó con su acento bien profundo, incluso difícil de entender: ‘Y, entonces, si eres de España, ¿Qué haces aquí?’. Enmudecí. Las razones que él mismo me dio a conocer a posteriori me bastaron para comprender la suerte que tenemos.

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