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Desde pequeños nos enseñan a que todos tenemos que pasar por diferentes etapas que irán definiendo lo que seremos en el futuro y cómo llevaremos ser aquello que lleguemos a ser. Naces y lo primero que te imponen es que ya de por sí tienes que romper a llorar. ¿Sois conscientes? Lo primero que hacemos en nuestra vida es llorar como condenados. Pasan los meses y dentro de que autonomía poseemos la mínima (eso de movernos solos se nos hace cuesta arriba a esa edad) cumplimos con muecas, sonrisas, sonidos que se traban al salir de nuestro cuerpo y, para colmo, nos pasamos días y días escuchando voces que cambian al dirigirse a nosotros directamente y que llegan a tonos vocalmente imposibles de alcanzar por el ser humano.

Sin embargo, hay un momento de nuestra corta vida en el que sin previo aviso y sin anestesia nos ceden todo el poder. Así sin más. Y nosotros, que nos hemos pasado meses y meses dependiendo de nuestros mayores, tenemos que decidir cuándo comenzar a andar, a hablar y a valernos por nosotros mismos. Pero no contento el universo, el karma o Dios con todo esto, tenemos que seguir aprendiendo miles de cosas que si se listaran rondaría el infinito y más allá. Que si aprender a leer, a escribir, a sumar, a restar, a hacer raíces cuadradas, sí en serio, raíces cuadradas… Que si los ríos de España, que si los de Europa… ¡Qué si los del mundo entero! ¿Y de verdad os sorprende que lleguemos tocados y hundidos a la adolescencia?

Pero nosotros lo hacemos como buenas marionetas que somos y buenos bebedores de lo común. Y, de repente, nos rebelamos contra las imposiciones, el vulgarismo… A veces nos rebelamos hasta contra nuestro armario (eso es algo de lo que te das cuenta a medida que van pasando los años). Y cuando creías que ya no podías ostentar tanto poder como lo haces en el último curso del colegio, llegas a la Universidad. Ahí es donde empieza realmente tu dilema.

La Universidad… Esa etapa de tu vida (impuesta, por supuesto) en la que te vuelves filósofo del siglo XXI, componente de un grupo flamenco, heavy o rockero, alumno honorario del nivel del First en la academia, máximo exponente del Power Point hecho carne y runner profesional a jornada partida y, todo eso, en el mismo día. Una auténtica chica de provecho, una auténtica máquina creada por esta sociedad.

Y acabas. Algún día (más tarde o más temprano) terminas con todo lo impuesto. Se termina tu pequeña condena, las cadenas se rompen y eres libre. ¡Ay, qué bonito suenas libertad!… Y qué poquitos te saben utilizar. Y así se compone este mundo: de gente con la libertad impuesta y de aquellos a los que la libertad no les supone una norma. Y tu vida, la tuya, la de verdad, comienza cuando comprendes que esa libertad no es un regalo por haberte portado bien con la sociedad sino un derecho que tuviste desde el primer minuto en el que decidiste llorar.

Y digo yo… ¿qué pasaría si todos empezáramos con una sonrisa?

¡Feliz sábado a todos!

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