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Hoy he abierto mi diario. Sí, aquel de cuando era toda una adolescente en potencia. ¿Mi sorpresa? Por supuesto, mi falta de gusto en cuanto a caligrafía se refiere pero, por otro lado, la sinceridad que desprendían aquellas palabras.

Ahora, que ha pasado el tiempo y se ven las cosas desde otra perspectiva me doy cuenta que no sé más de lo que sabía cuando escribí aquellas frases sin comas ni puntos. Es verdad, que a lo mejor ciertas cosas están exageradas y que el fin del mundo era un suspenso en un examen o que alguna amiga te eliminara de la invitación a su fiesta de cumpleaños. Todas esas cosas se han quedado atrás.

Pero, ¿en el amor? No, en el amor seguimos siendo los mismos que un día cogimos un cuaderno, una servilleta o un trozo de cartulina y escribimos versos de los que al día siguiente nos arrepentíamos. Seguimos siendo los mismos locos pasajeros por las noches que intentan enamorarse o desenamorarse. Eso sí, con mil y un golpes imborrables que desgraciadamente hacen que nos duela la mano nada más empezar a escribir.

Y es que, al fin y al cabo, yo no quiero más que plasmar en cualquier espacio que lo acoja mis pensamientos. Solo por eso, para quitármelos de la cabeza y arrepentirme al levantarme. Para que después de muchos años vuelvan los colores a mis mejillas al leer tanto corazón abierto.

Para eso se inventaron los diarios.

Diario de las cronicas de noves

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