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Las palabras son algo por lo que, personalmente, abogo. No existe algo más amable, más traicionero o más bello que una palabra. Aunque, hay palabras y palabras: las que enternecen, las que divierten, las que provocan sentimientos y emociones. Pero existen algunas que asustan, que causan pánico o temor.

Dentro del último grupo hay una frase que jamás nadie quisiera tener que decir o escribir. Ese “If only…” que nos enseñan los anglosajones y que traducimos como “Si solo hubiera…”. En solo tres palabras hemos envejecido.

Nuestro espíritu se queja de aquello que deberíamos haber hecho, aquello que deberíamos haber evitado, aquello que deberíamos haber dicho. Toda una vida llena de deseos que se quedaron en un cajón y de sueños que no fueron más que eso, sueños. Pero el ser humano es así, capaz de tropezar no solo con la misma piedra una y otra vez sino de hacerse íntimo amigo de ese fracaso continuo. Sin embargo, la verdad universal es que, al final, nos levantamos.

No hablo de locos. No creo que un emprendedor esté loco ni tampoco creo que un soñador esté demente. De hecho, estos no-locos son los que acaban haciendo historia. Los enamorados, sin ir más lejos, son los que menos “Si solo hubiera…” contemplan. Y yo, por el simple placer de experimentar ese ímpetu de locura, necesitaba hablar de lo que podría haber escrito, de lo que he escrito. Porque de otro modo, seguramente, hubiera aumentado mi lista de aquellos “If only…” que intento día a día tachar.

If only

 

 

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